Paris, Francia
14 de Febrero, 2044

Es noche cerrada. Nada se oye menos el ruido de maquinas trabajando. Me levanto silenciosamente de mi cama, procurando no despertar a nadie. El suelo de hormigón áspero enfría mis pies. Miro mi mano, y veo que poco a poco mi controlador, un circulo de metal incrustado en mi piel, empieza a cambiar de verde a rojo, señal que estoy haciendo algo fuera de la norma, no permitido. Debería estar durmiendo. Pero no lo estoy. Hace poco tiempo, me habría puesto muy preocupado, y habría hecho cualquier cosa para impedir el cambio de color. Pero ya no. Me da igual el color que ponga, aunque signifique no ver el color en sí jamás.

Abro la puerta de la habitación. Chirrea un poco, pero por suerte no hay guardias a estas horas y nadie se da cuenta. Empiezo a correr hasta el fondo del pasillo, hecho todo de hormigón con alguna luz colgando, y giro a la izquierda. A estas alturas mi controlador esta brillando intensamente con un color parecido al de la sangre. Me paro durante unos instantes para mirarlo. Nunca lo había visto así. Sigo corriendo hasta llegar al final de este pasillo, y giro de nuevo a la izquierda, donde me espera otro. Cuando estoy a mitad hecho un vistazo al controlador, sin parar de correr. Está brillando aun más, y resulta un poco deslumbrante en la penumbra. No tardarán en venir a buscarme. Sigo corriendo de pasillo en pasillo, y en un momento dado empiezo a pensar que me he perdido. Por suerte, dos pasillos después encuentro la puerta que buscaba. Es de acero muy pesado, y me cuesta bastante abrirla, pero por fin logro empujarla hacia afuera. Suelta un chirrido escalofriante, y revela unas escaleras de metal descendientes, completamente oscuras. Solo puedo ver los primeros peldaños gracias a la luz tenue del pasillo. Empiezo a bajar, sin molestarme en cerrar la puerta. Tras unos segundos todo está oscuro. Sigo bajando, acompañado por el eco de mis pasos. Minutos después, veo una luz muy débil, grisácea al final. Pero no es artificial, como la que he visto durante casi toda mi vida. Llego hasta la apertura y salgo.

Todo está gris, sin ningún color. Un soplido de viento recorre mi piel. La única otra vez que sentí algo parecido fue cuando me sacaron de mi casa y me movieron aquí, a este… no sé como llamarlo. El sitio donde ponen a los hijos posiblemente útiles de padres traidores. Llaman traidor a cualquier persona que no siga la norma. En cuanto descubren a uno, le llevan a otro edificio y lo matan. Sé todo esto gracias a un guardia traidor que aún no ha sido descubierto. Hace muy poco que me contó todo esto, y él fue quien me enseño la puerta que acabo de atravesar. Miro hacia arriba. Estoy en un espacio estrecho entre dos edificios sin ventanas, hechos todo de hormigón. Camino hacia delante, y me encuentro con una carretera. Hay muy pocas farolas en pie, y la mitad no funcionan. El resto están tiradas en el suelo. A mis lados hay edificios como el que acabo de salir, bloques enormes de hormigón sin ventanas. Sigo caminando. Tengo muy claro a donde quiero ir. Salto sobre un bache en el asfalto agrietado, y miro arriba.

Cuando era pequeño, mi madre me decía que antes había una cosa llamado el cielo. Siempre estaba ahí, encima de todo. Todos los días. Nunca se movía. Me contaba que de día el cielo era azul, y de noche era negro. Pero ahora, gracias a lo que llamaba “contaminación”, ya no se puede ver. No sé si es cierto o no, pero todas las veces que yo he visto lo que sea que esté ahí arriba, está gris. Toda la luz que he visto es artificial. Nunca viene del cielo, como decía mi madre. Camino durante unos minutos en silencio, acompañado por el rojo de mi controlador. Tengo suerte de haber escapado cuando lo hice. Hace dos semanas que me movieron de mi casa a estos edificios. Me dijo el guardia traidor que a las tres semanas de habitar aquí, por ser hijos de traidores, ya no te dejan tener voluntad propia; te implantan una artificial, hecha para obedecer sin errores las normas. Yo me he librado de eso, pero a un precio muy alto.

Salto otro bache. Mi padre me decía que antes de todo esto había cosas llamadas animales. Me contaba que eran como humanos, capaces de moverse y pensar por si mismos. Yo pensaba que serían un tipo de robot de antes, pero me explico que no era así. No eran creados por nosotros, ellos mismos eran capaces de reproducirse. Cada especie tenía diferentes formas y características. Me costaba imaginarlo, y entonces él me enseño algo. Me llevó a su habitación, hecha de hormigón, como todo, y abrió una caja de metal. Sacó una cosa blanca con una imagen de lo que decía que era un animal. Yo me quedé mirándolo, fascinado. Mientras lo miraba me contó que este era su mascota. Era un “perro” y le había puesto nombre y todo. Vivía con él, y le cuidaba con comida, agua y demás. Pero entonces quitó la imagen de mis manos precipitadamente, nervioso. Lo puso devuelta en la caja y se levantó. Le pregunté que pasaba, y me dijo que no era nada. Pero cuando él caminaba hacia la puerta vi un destello rojo en su mano.

Camino sobre una farola caída que bloquea la carretera, preguntándome si alguna vez el mundo volverá a ser como decían mis padres. Lo dudo mucho. Y aunque vuelva a ser así yo no estaré para verlo. Todas estas historias que me contaban están estrictamente prohibidas, porque suponen recordar el pasado. Fue una de las razones por la que les descubrieron. Yo no tenía ni idea que eran traidores o que estaban haciendo algo en contra de la norma. Tampoco supe porque me habían movido de mi casa hasta que el guardia me lo dijo, hace poco tiempo. Entonces fue cuando aprendí que mis padres eran traidores, y que probablemente ya estaban muertos. Eso me hizo darme cuenta de que todo esto ya no vale la pena. Que estoy listo para ir.

Giro a la derecha en un callejón, y sigo hasta el fondo. Llego a un pequeño claro de cemento, rodeado por un edificio de hormigón. En el centro hay una cúpula pequeña de vidrio. Y dentro de eso, el último árbol. Nunca había visto un árbol. Es una de las cosas que me contaban mis padres. Parece débil, con un tronco muy estrecho y unas pocas hojas verdes encima. Me quedo quieto, contemplándolo con admiración, sobrecogido. Está rodeado por tubos, que succionan el oxígeno y lo mandan a un sitio donde lo multiplican. Desde ahí se distribuye a los demás edificios. Por suerte, hay pequeños resquicios por el cual se escapa, y por eso he sido capaz de llegar hasta aquí. Me siento sobre el cemento, mirando el árbol. Sé que no tardarán mucho más en encontrarme. Espero ahí en silencio, con la cabeza vacía. La espera se me hace eterna. Finalmente, me rodea un grupo de guardias, vestidos todos de negro. No se les puede ver la cara. Me levanto bruscamente del suelo, y noto que mi controlador ya no brilla con tanta intensidad. Uno de ellos levanta una pistola hacia mi. Se oye un clic, un fuerte “Boom”, y luego, nada.