Tengo miedo, mucho miedo. Un escalofrío me araña la espalda, provocándome un sudor frío, gélido. No sé cuánto tiempo me queda hasta que me descubran pero tengo claro que no quiero volver a ese oprobioso, execrable lugar. Ese sitio donde la realidad es reemplazada por la jocosidad y el delirio; un país habitado por la letargía, el aturdimiento y el sosiego. Dejadme solo en esta oscuridad: aislado, solo.
Aunque si lo pienso bien, permanecer escondido significaría dejar de contemplar a mi rutilante amada. No podría perderme en esos deslumbrantes ojos acompañados de esas sonrosadas mejillas que iluminan la estancia, capaces de convertir cualquier luctuoso dolor en un anodino recuerdo. Una blusa carmín, una falda plisada negra y unos rojos zapatos de tacón complementan sus cabellos, destellos brillantes del sol, reposados sobre unos delicados finos hombros. Su piel rosada y suave como el terciopelo recubren unas piernas altas y esbeltas que desembocaban en una amplia cadera. De su brazo derecho se distingue un cisne elegante grabado en el antebrazo con tinta negra permanente, que a menudo puede confundirse con el conspicuo símbolo de Swarovski. Delicadeza y lozanía son las características que describen a mi joven querida de mirada afilada y labios carnosos. Y ¿qué pensará de mí si desaparezco, si me desvanezco de este edificio así sin más, sin ni siquiera una despedida, un guiño o una furtiva sonrisa con la que me recuerde cada día, cada minuto? Es posible que ellos se enfaden y entonces sea reemplazada por otra de sus berroqueñas compañeras, esas malas mujeres que instigan a mi dulce Teresa. La única que me comprende, que piensa que no debería estar aquí es ella y no puedo permitir que me la arrebaten.
Además, si se enteraran seguro que incrementarían mi castigo, y entonces estaría obligado a permanecer en esta cueva, lavacerebros durante lo que me supondría una fatigosa, abominable eternidad. Sin embargo, ¿se está mejor fuera que dentro? Si reflexiono, en realidad, no existe tanta diferencia entre un mundo y otro. Debo recordar el motivo por el que estoy aquí. Yo no soy como los demás. Resultaría baldón compararme con ellos: seres beligerantes y agresivos. Compararme con esos ojos llenos de rabia y habitados por el descontrol de Óscar o la afilada, salvaje agonía de Silvia. Desde luego, ellos se merecen permanecer aquí encarcelados, apresados como un pequeño gorrión en una jaula. Y es que supongo que no durarán mucho aunque ya van haciendo progresos. Óscar por ejemplo ha dejado de lanzar esos vistazos perversos llenos de odio y aversión hacia ellos, esos buzoncitos pintados en distintos colores que representan la igualdad y el respeto hacia todos, o al menos eso es lo que dice el Reglamento. Debemos lograr que se sientan apoyados y queridos por todos, y ¿qué mejor forma que colorear los buzones de la ciudad con el arco iris, clara representación de los derechos LGTB+? El problema fue que Óscar creía que no, que esa idea era sumamente ridícula, una estupidez, es decir, un esperpento, mencionando a Valle-Inclán. Pero es que asimismo, opinaba que el aborto no debía legalizarse alegando que se arrebataba la vida a un ser vivo. El Reglamento también prohibía esto. ‘El aborto debe ser legalizado y únicamente llevado a cabo bajo la clara decisión y aceptación de la mujer.’ Aunque se lo tenía muy callado, no pudo evitar comentárselo con esos fatuos, desleales seres que antaño recibían el nombre de amigos. En fin, al parecer estos llamaron al Reglamento, mantuvieron una reunión y en menos de tres días lo trajeron aquí, a esta horrible jaula de la que nadie puede escapar.

Algo parecido le sucedió a Clara, esa mujer de talle alto y una cabeza de la que se desprende una fina cascada de plata que desemboca en un delicado, elegante cuello. Según me han contado, se opuso a la manifestación que tuvo lugar en Abril de 2020, año en el que comenzó la atroz y mortal pandemia del Covid-19. Por aquel entonces, las calles se llenaron de pancartas, eslogans y gritos alegando por los derechos y la libertad de las personas negras, el tan común movimiento ‘Black Lives Matter’. En fin, el desencadenante fue que Clara, mi inocente y necia Clara, se atrevió a revindicar algo que todo el mundo hoy en día considera indignante e impensable: expresar su opinión. La dicharachera muchacha creyó que esa protesta atentaba contra la seguridad y protección de los habitantes debido al gran impacto del Covid. Incluso en redes sociales publicó un texto en el que compartía que la manifestación debía ser prohibida dado que en cierto modo fomentaba el contagio del virus. Cinco días. Cinco malditos días tardó Clara en despedirse de su hogar, de su familia para siempre. Lágrimas y dolor se reflejaban en su pálido y gélido rostro ese 30 de Abril en el que entraba por la Puerta del Infierno que separaba una cárcel de otra. Una puerta que separaba una realidad ensuciada por una dictadura, una erradicación de nuestra libertad de expresión; del Reformatorio, aquella institución basada en ‘Aprendizaje, Restauración y Mejoría de nuestros pensamientos’. ¿Y yo? Yo solo cometí un solo pecado en mi vida, que fue no marcharme de este país cuando podía. Así que creo que mejor salgo de mi escondite, pues no podría vivir tranquilo sin mi alegre Teresa, es la única que me trae las pastillas con una fausta risita que me envuelve como una niebla espesa que se adhiere a mi quemada piel. Y además, posiblemente me agarrarían a la cama como la semana pasada con una camisa de fuerza y una mordaza para evitar que suelte como dicen ellos: ‘una reyerta de vituperios’. Pues así se les nombra ahora a los pensamientos contrarios a los dictados en el Reglamento. ¿Y cuál fue mi error, ese error por el que estoy condenado a pudrirme aquí? Creo que lo escondí debajo del colchón, supongo que se tratará de este arrugado, cochambroso papel.

Para Javier o lo que quede de él:
El nivel de estupidez ha alcanzado su límite en el presente, pues al menos en el pasado – el cercano – prevalecía la libertad, sí la libertad, aquella que permite que cada individuo piense y actúe siendo éste respetado, siempre y cuando, no moleste o perturbe la libertad de otra persona, por supuesto. Bien, resulta irónico y en ocasiones confuso revelar que ahora, bastantes años más tarde, no gocemos de una independencia, de esa libertad o ese respeto que venimos pidiendo desde hace décadas y que yo como periodista he estado observando. Dentro de poco, esto se vuelve insufrible y esperen ustedes. Así que vaya usted pensando bien en lo que hace y en lo que cuenta porque dentro de poco, ni emancipación ni leches, todos a la cárcel. Supongo que llegados a este punto ya estaré siendo criticado o insultado por publicar esto. Eso es exactamente a lo que me refiero cuando hablo de esa ‘esclavitud’.