Pièrre era feliz cuando estaba cerca de sus cuchillos. Disfrutaba su tacto frío, le excitaba verse reflejado en el filo y, sobre todo, adoraba verlos manchados de sangre. Lo que menos le gustaba era limpiarlos. Le parecía una pérdida de tiempo y una falta de respeto, hacia la herramienta y hacia la obra. Por eso tenía dos colecciones perfectamente ordenadas por tamaño y forma: en un lado de la habitación colgaban heroicos los cuchillos usados, algunos con moho o sangre seca y otros aún goteando. En la otra pared estaban los cuchillos vírgenes, sus nuevas adquisiciones y los de cerámica, que guardaba para ocasiones “especiales”.

Pièrre no sabía nada de anatomía. Como todo el mundo, había estudiado los huesos y los órganos del cuerpo humano cuando era pequeñito, pero nunca creyó que fuera necesario retener esa información. A él le gustaba cortar. Para él, el cuerpo era un lienzo, y cada corte era una pincelada. Veía la muerte como una forma de arte y, si iba a llegar de todas formas, ¿por qué no convertirla en algo tan maravilloso?

Cada cuerpo era diferente, por lo que no tenía dos obras iguales. Solo tenían una cosa en común: siempre empezaba con unas rápidas incisiones en los brazos. Después de eso dejaba que el cuerpo le hablase. Las siluetas, los chillidos de terror, las lágrimas, la forma de retorcerse en un inútil intento de escapar o la manera en la que los músculos se contraían. Todo eso era música para los oídos de Pièrre, que entonces diseñaba la situación de cada corte, su profundidad, incluso la simetría. Eso sí, tenía dos normas: su muñeco o muñeca no moriría desangrado, sería él quien terminara con su vida. Y los ojos quedaban intactos.

Pièrre pensaba que los ojos devolvían la vida a sus maniquíes. Esas expresiones de absoluto horror le recordaban lo más esencial del ser humano: el deseo de sobrevivir. Por eso le gustaba el contraste del muñeco perfecto, plástico, diseccionado y coloreado con los ojos primitivos y aterrorizados. Encontraba bastante curiosa la decadencia a la que muchas personas podían llegar al encontrarse a las puertas de la muerte (de una muerte no convencional): algunos pedían clemencia, muchos otros confesaban todos sus pecados esperando ser perdonados por un ser superior; pero, al final, todos eran purificados por el frío metal de Pièrre.

Tal y como se puede imaginar, Pièrre era un maniático. Y lo que más odiaba era la fealdad. No le valía cualquier cuerpo, tenían que ser cuidadosamente seleccionados y casi medidos. Además, no soportaba tocar algo que no fuera la piel, lisa y desnuda. Por eso, antes de empezar sus trabajos tenía un estricto proceso de preparación: cuidadosamente afeitaba cada centímetro y se aseguraba de que no quedaba ni un pelo. Después lo colocaba de pie, con mucho mimo, en una estructura de tablas en forma de estrella que había conseguido perfeccionar después de meses. Una vez estaba bien sujeto de pies, brazos, torso y cuello, esperaba a que recuperase la consciencia. Solo entonces podía empezar.

Cuando terminaba con el cuchillo le inundaba un éxtasis que no conseguía de ninguna otra forma. Era una felicidad superior a cualquier sensación carnal, lo único que le llenaba en su monótona vida. En su trance, llenaba un frasco con la sangre de su víctima. Le gustaba el fluir del líquido entre sus dedos, denso y caliente, conforme se deslizaba hacia el interior del botecito de cristal. Después, con la cámara instantánea que usaba desde 1997, tomaba una fotografía del resultado de su obra. Esos eran los trofeos que guardaba en el almacén del sótano.

En su “otra vida”, Pièrre se llamaba Salvador. Lo más curioso es que, si lo conocieras, pensarías que es una persona normal, perfectamente aburrida. Podría ser tu vecino, tu compañero de trabajo, la persona con la que coincides cuando paseas a tu perro. Nadie podía siquiera imaginar sus macabros pasatiempos. Y por supuesto, estos sujetos siempre son los peores, pues nunca dejan caer su máscara hasta que es demasiado tarde.

Salvador era fotógrafo. Tenía un apartamento sencillo, un piso en un barrio tranquilo en el que vivía solo con su gato Picasso. Evidentemente, no era ahí donde realizaba sus obras favoritas. Tenía un terreno en las afueras, una adorable casita de campo a nombre de su tío adoptivo Iván, que aunque había muerto tres años atrás, todavía figuraba en todos los registros. La vida de ciudad de Salvador era rutinaria y sin mucha emoción. Tenía sus amigos, los trabajos que encontraba eran más que suficiente para llegar a fin de mes y comía con sus padres los domingos. Y tenía a María.

María era lo único que Salvador protegería a cualquier coste. El único ser en este mundo por el que realmente sentía algo. Aunque no era amor, aunque él lo viera de esa manera. Era una obsesión insana, un ansia que le consumía por dentro y no le dejaba casi ni respirar cuando la tenía cerca. No querían vivir juntos, él sabía que su control alrededor de ella tenía un límite y no quería explorar dónde se encontraba. En realidad, ni siquiera sentía atracción física por ella y apenas sentía nada cuando hacían el amor. Lo que de verdad le excitaba era imaginarla a su merced, como una más de sus víctimas, la obra más perfecta de todas.

Porque María era perfecta. Su piel era extremadamente pálida, casi traslúcida. Podías ver sus venas surcando sus finos brazos, sus clavículas puntiagudas casi cortaban si las acariciabas con las yemas de los dedos, y su cuello era tan suave que parecía hecho de la mejor seda. Por no hablar de sus ojos oscuros, que con un vistazo atravesaban tu alma, y su pelo negro, que se movía con la más suave brisa. Salvador era incapaz de concebir una vida sin ella. Por eso no podía hacerle daño, pero tampoco podía alejarse. Sabía que solo podría acabar con ella si fuera la última: la víctima más especial. Pero también sabía que eso supondría el fin de su propia vida.

Salvador no temía a la muerte, o al menos no a la suya, pues había aprendido a lidiar con ella desde muy joven. De pequeño había adorado a su hermana, en parte porque anhelaba con toda su alma poder jugar con sus muñecas, pero sobre todo, la amaba porque la pequeña Victoria era el ser más inocente e indefenso que había visto nunca. Su sonrisa constante tranquilizaba al niño y le hacía aparcar todos los pensamientos negativos que surcaban su mente.

En las tardes de verano, cuando su madre trabajaba, Salvador llevaba a su hermana a jugar al parque. Muchos días se cruzaban por las escaleras con su vecino favorito, un señor francés que de vez en cuando les ofrecía caramelos, aunque solo la niña los aceptaba. Un día de agosto, Victoria salió corriendo escaleras abajo tan rápido que su hermano la perdió de vista. Cuando el pequeño llegó abajo, no vio a nadie. Esperó y llamó gritando a su hermana, pero no hubo respuesta alguna.

Al subir de nuevo las escaleras, encontró la puerta de su vecino ligeramente abierta. Con un nudo en la garganta se adentró en el apartamento, con cautela y sin hacer ruido. Tras cruzar un pasillo que pareció interminable, se quedó helado. Sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared del salón yacía Victoria, o lo que quedaba de ella. Su vestido amarillo estaba ahora teñido de rojo, y sus ojos antes ingenuos conservaban todavía su última expresión de terror.

Salvador levantó la vista para ver a su vecino entrar en la habitación con un trapo y una cámara. Ambos se miraron durante un instante, y en ese momento Salvador comprendió todo. Quién era su vecino, quién era él mismo y quién quería ser. No dijo nada, se dio la vuelta y regresó a su casa con paso firme. El francés no le siguió. Pese a los esfuerzos de su madre, el cuerpo de Victoria nunca se encontró.

La imagen de la niña quedó perfectamente grabada en la mente de Salvador, retratada con todo lujo de detalles. Aun siendo adulto, a veces se despertaba horrorizado por la pesadilla de ver una y otra vez cómo le arrebataban a su pequeña muñeca, su hermanita. Por suerte, muchas noches tenía a María para tranquilizarle con las caricias de las puntas de sus dedos y sus suaves palabras.

Todo cambió cuando María enfermó. Al principio los médicos conservaban la esperanza, decían que podría curarse si seguía los tratamientos. Pero pronto comenzó a empeorar. Cada día estaba más débil y poco a poco sus ojos perdieron el brillo y la alegría que la caracterizaba. Unos meses después, el hospital se convirtió en su hogar permanente.

Salvador planeaba estar con ella hasta el final. Sin embargo, al verla postrada en la cama del hospital se dio cuenta de que su belleza duraría poco. En ese momento le inundó un sentimiento de profunda desesperación por saber que lo que más quería en este mundo se iba a convertir en aquello que despreciaba. Pero Pièrre se recordó que en sus manos estaba el poder de evitarlo.

Con palabras suaves tranquilizó a María, y le dijo que la sacaría de ahí para llevarla al parque, al banco donde compartieron su primer beso. No le fue difícil escaparse del hospital con la mujer bastante debilitada por los calmantes. La subió en el coche y acarició su pelo hasta que se quedó dormida. Condujo todo lo lento que pudo. No quería acabar con su vida, pero no podía dejar que fuera el paso del tiempo el que se la arrebatara.

Una vez en la casa de campo, inyectó un poco de morfina en el brazo de la todavía dormida María, la justa para poder preparar todos sus materiales. La llevó en sus brazos hasta el sótano, donde la dejó sobre la camilla, y se aseguró de cerrar bien todas las puertas, puesto que nadie volvería a salir de ahí. Ya no era Salvador, sino que volvía a ser Pièrre.

Siempre había fantaseado con tener a su merced el cuerpo de la joven, pero ahora no era capaz de tratarla como a todos. María no era un simple maniquí, era mucho más que eso; era casi una muñeca de porcelana. Y él iba a tener el privilegio de convertirla en arte, en una obra aún más hermosa de la que ya era. Por ello decidió afeitar todo su cuerpo excepto su melena negra. En lugar de cortarla, trató de alisarla y cepillarla para que quedase lo más perfecta posible. Con mucho cuidado limpió cada centímetro de su piel, como si de un trabajo de artesanía se tratara. Cuando terminó, buscó una estructura de estrella que había hecho especialmente para ella, y la amarró bien para que, pasara lo que pasara, no pudiera escapar.

Al cabo de un par de horas, María despertó. Cuando sus ojos se acostumbraron a la poca luz del sótano, se encontró con la figura de Pièrre, en quien casi no veía rastro del Salvador del que estaba enamorada. Estaba sentado delante de ella, sin vida en el rostro, sosteniendo un cuchillo de cerámica cuyo filo no paraba de acariciar. Pese a lo que pudiera parecer, María no estaba sorprendida. Sabía que aquel hombre vivía atormentado, pues en sus pesadillas gritaba el nombre de Pièrre, y sabía que así tenía que terminar todo. Aunque, sinceramente, había esperado que no fuera tan pronto.

Él se levantó de la silla, y tras recorrer el filo del cuchillo una última vez con el dedo acarició la mejilla de María, dejando una huella de sangre. La abrazó con la pasión de quien abraza a una madre, y en un susurro le dijo un simple “gracias”. Tras esto procedió a hacer un corte rápido en cada brazo, ante lo que ella se estremeció de dolor. Pièrre la miraba fijamente a los ojos intentando descifrar sus sentimientos, intentando averiguar qué debía hacer después.

Ella solo tenía una cosa clara: no gritaría, no le daría esa satisfacción. No comprendía a Pièrre, ni a Salvador. Nunca lo había hecho. Pero por alguna razón, nunca había querido dejarle. No es que creyera que podía cambiarlo, tampoco quería, sino que había algo que la atraía hacia él de manera inevitable. Inevitable como su muerte, pensó. Pero si este era su final, sus últimas palabras serían la única forma que tenía de herir a su verdugo. Con las pocas fuerzas que le quedaban, mantuvo la mirada fija en Pièrre y murmuró: “te odio”.

Estas palabras fueron un golpe para Pièrre. “María era diferente”, se decía. Ella no era como los demás, ella era suya, y por eso no podía tratarla como a todos… Lentamente, Pièrre clavó el cuchillo en el abdomen de la mujer y empezó a trazar una línea, como si de un baile se tratara. Veía cómo caían sus lágrimas y el dolor de sus ojos, pero nada era suficiente para compensar el dolor que su odio le había causado. Pièrre había perdido el vestigio de humanidad que aún le quedaba.

Fue mucho el rato que pasó recorriendo el cuerpo de María. Con el cuchillo, con sus manos, trazando formas con la sangre que se derramaba. Ella lloraba en silencio, sin gritar, pero sus ojos reflejaban el dolor insoportable que sentía a cada segundo. Cuando Pièrre vio que ya no podía más, asestó en su cuello el golpe certero y acabó con la vida de la chica. Se distanció de su obra y la observó. Era todo lo que había imaginado, una obra perfecta de una belleza sin fin.

No pudo evitar romper en llanto y estrechar con fuerza el cuerpo de María, aún caliente. Con más mimo que nunca, desató todos los amarres que la sujetaban a la plataforma y la sentó en el suelo, apoyando su espalda contra la pared. Él se sentó a su lado, con el cuchillo de cerámica todavía en la mano. Lo usó de nuevo, aunque en esta ocasión fue para cortar sus propias muñecas. Apoyó la cabeza en los hombros de María, ahora teñidos de rojo, y decidió esperar a lo inevitable.

Esta vez no habría frascos de sangre. Tampoco fotografías. No habría ningún recordatorio, ni trofeo. Solo quedarían ellos, solos, juntos y para siempre.