Yo no la maté… aunque a veces lo creo así. ¿Y quién entonces? ¿Quién ha cogido la libertad, la emoción y la libertad característica de esta época y la ha teñido de esclavitud, control y dolor? La lozanía y la diversión han sido reemplazadas por el narcisismo y la envidia, por unos celos que nos envuelven como una niebla espesa que se adhiere a nuestra piel y nos atrapa, nos encarcela para siempre. Y solo existe un modo de desasirse de ella, unas salida luctuosa y execrable que me provoca ardor en la boca al pronunciarla. ¿Y el culpable? Todos. Bienvenido a mi pasado pero también mi presente y supongo que mi futuro.

Jocosas sonrisas y escandalosas risas impregnaban el inmenso piso en una refrescante velada de primavera. Una fina cascada de plata se divisaba tras la ventana, bañando las delicadas flores y demás plantas del jardín. Dentro, el ambiente era caluroso, tranquilo, placentero. Unos deslumbrantes ojos acompañados de unas sonrosadas mejillas iluminaban la estancia, capaces de convertir cualquier luctuoso dolor en un anodino recuerdo. Una blusa carmín, una falda plisada negra y unos rojos zapatos de tacón complementaban sus cabellos, destellos brillantes del sol, reposados sobre unos delicados finos hombros. Su piel rosada y suave como el terciopelo recubrían unas piernas altas y esbeltas que desembocaban en una amplia cadera. De su brazo derecho se distinguía un cisne elegante grabado en el antebrazo con tinta negra permanente, que a menudo podía confundirse con el conspicuo símbolo de Swarovski. Delicadeza y lozanía eran las características que describían a la joven de mirada afilada y labios carnosos manchados de chocolate aquel 30 de abril, día de su décimo sexto cumpleaños y posible último, aunque ella todavía lo desconocía.

Medias, pantalones y extravagantes vestidos fueron desenvueltos de perfectos papeles de regalo pero no fue hasta que descubrió su último obsequio cuando el salón cambió y mi respiración se apagó. Una imagen de una mujer alta y delgada inundaba la portada de una de las películas más aclamadas y galardonadas basada en la novela de Truman Capote. No obstante, no fue la felicidad con la que ella, idólatra de las comedias clásicas agradeció el regalo, sino la mirada furtiva y confusa con la que mi hermana examinó la figura de la actriz lo que me sorprendió. Ese momento, ese instante, ese banal segundo resultó ser como un feroz huracán en una sosegada ciudad: execrable, atroz, perentorio. Llegó el momento de soplar las velas, y solo se le ocurrió un deseo. ‘ A la de una, a la de dos y a la de tres…’


‘Deseo ser como Audrey Hepburn’

No volví a pasar un segundo tranquilo desde aquel maldito día. Todos los recuerdos, el sosiego y el bienestar se desvanecieron.

¿Quién era esa Audrey Hepburn y por qué lucía tan deslumbrante? La verdad es que compartía cierto parecido con ella: un vientre plano, una cintura de avispa y unas piernas elegantes se adivinaban tras su vestido negro Givenchy. ¿Pero y esa cadera? ¿Cómo conseguía lograr esa fina, pequeña cadera mientras ella debía satisfacerse con una grande y voluptuosa? El historial de su móvil se pobló de búsquedas de métodos eficaces y de páginas de Internet bastante efectivas. Bizcochos, galletas y chocolate se desvanecieron de la vida de mi hermana tan rápido como un rumor de instituto. La leche, principal fuente de calcio, fue arrojada por la fregadera y con ella toda posibilidad de salvación, de vuelta atrás. Los desayunos se terminaron y las dietas comenzaron.

Kylie Jenner, Cara Delevinge y Sofía Suescun se convirtieron en verdaderos modelos a seguir. A cada hora, minuto y segundo que pasaba su cabeza no paraba de pensar en lo que debía y más en lo que no debía tragar. Se manifestaron los primeros indicios. El embutido fue retirado por su grasa, las patatas permanecían intactas en el plato y el pan simplemente se endurecía. Extraños sonidos provenían del baño, en cuyo interior se hallaba lo que parecía una cabeza reposada sobre la taza del retrete. En vano sirvieron mis gemidos y mis advertencias o los gritos de mis padres.

Los días pasaban y los llantos incrementaban.

El sonido del latido amainaba.

El peso bajaba.

El 24 de Diciembre la casa se volvió a llenar de ese ambiente festivo propio de la época de Navidad. Una inmensa mesa adornada con deliciosos manjares se alzaba en medio del comedor, acompañada de esplendorosas luces deslumbrantes y una agradable música. La luna esparcía destellos de luz, pintando de blanco-nieve los corpulentos edificios que se alzaban en el centro de la ciudad. De repente, este armonioso sonido fue interrumpido por el sonido de unos zapatos de tacón rojos que atravesaban la puerta. Los finos zapatos eran los mismos. Su dueña no. Ya no pertenecían a unas piernas vivas y fornidas, sino a dos finos palos magros que acababan en una cadera diminuta repugnantemente marcada en ese vestido negro apretado. Su vientre dejaba entrever las veinticuatro costillas y no sé por qué pero parecía que se podía oír su débil pulso a través de ellas. Esos dorados cabellos habían perdido su viveza y su intensidad y se habían convertido en la roída cabeza de una fregona. De sus enjutos brazos, unos pelos finos huían de un infierno que recibía el nombre de cuerpo.

Pálida como una calavera y frágil como un jarrón, la joven avanzaba lentamente como si cada paso fuera un ímprobo esfuerzo, una carga fatigosa. La música ahora parecía provenir de un sitio lejano, había perdido toda su energía y con ella su dulzor.
No probó un bocado.


Llegó el día. Truenos y relámpagos se escuchaban como un sonido atroz. El ruido de la lluvia retumbaba en toda la sala. Lágrimas de espanto y de zozobra se divisaban en los ojos de rostros pálidos. Portaba mi mejor vestido de franela adornado con unos chicos pendientes de oro. Del rostro de mi madre, gélido y perdido, dos gotas quemaban sus mejillas, huyendo de unos ojos letárgicos, inmóviles fijados en una figura, un ángel.

El ángel, blanco como el papel, dormía profundamente ajeno a su entorno. Armonía y tranquilidad parecían advertirse en su rostro, por fin se había desasido de esos obsesivos pensamientos. Se habían evaporado, esfumado para siempre. Había encontrado la manera de alejarse de ellos y lo había conseguido. Sus cabellos parecían haber recuperado el color original y sus labios ese carmín potente. De sus flacos dedos brotaba un ramo de rosas que reposaba sobre su plano pecho, intacto. De su antebrazo emergía un cisne negro, elegante y rutilante. Todos esos vídeos, anuncios de moda y programas de Telecinco habían dado sus frutos. Lo había conseguido. Su deseo se había cumplido. Era guapa. Y solo me había costado 15 euros. 15 euros comprar ‘Desayuno en Tiffany’s. 15 euros para cambiar una vida.

Las campanas anunciaron las doce de la mañana. Daba comienzo al funeral