Más allá del cristal empañado se suceden las historias, escritas a modo de profecías.

El primer rayo de luz ciega la triste bohemia, reflejada en la muchacha de corta y oscura melena quien, aún con cierta dificultad, alza su mano gris y aparta cuidadosamente el agua que nubla su vista. Una sensación nunca antes experimentada embarga su cuerpo, delgado, frágil, capaz de deshacerse entre los finos dedos de aquel que sufre en silencio la espera.

Al otro lado del espejo, unas casi imperceptibles figuras parecen colisionar unas contra otras cuando, en realidad, atraviesan toda materia, trascienden la embustera realidad sin alterar los acontecimientos, que se sucederán de acuerdo a un trágico designio anónimo bien perfilado.

Que c’est triste Venise… – solloza el vinilo.

La mano en el pecho señala el dolor, la teatralidad domina la escena. Los pies, descalzos, ignoran las frías baldosas y danzan libremente, así como incoherentes brotan y se deslizan los cristales por la mejilla. Alcanzando el clímax, – …inutile beauté devant nos yeux déçus…- un rojo clavel se extiende por su inmaculada camisa. Desaparecida la coreografía, tan solo resta sentimiento, un sentimiento comparable al tacto de las liberadoras páginas entintadas, a la cálida incidencia de la luz que desprende la película en absoluta oscuridad, a la contemplación del Cristo hipercúbico. Finalmente, su cuerpo siente. Siente profundamente. Su alma ha transgredido las leyes de la lógica y ha ascendido dejando atrás la incertidumbre de la vitalidad. Sobre su blanca piel contrastan líneas azules que parecen difuminarse en el azul del mar, donde vara la corriente. Así, impulsada por el recuerdo de una vida superada, quiebra la calma del mar. La canción se terminó pero el rumor de la aguja parece confundirse con la violenta marea.

Los colores se mezclan, las imágenes se superponen, las líneas se cruzan, las palabras se suceden, los sonidos vibran, es puro movimiento el boulevard por el que ambos pasean. La luz desaparece paulatinamente y, de pronto, las farolas alumbran la avenida, al mismo tiempo que ellos entrelazan sus manos y corren calle abajo buscando olvidar lo sucedido. En la improvisada carrera, el viento, furioso, arranca el sobrero del muchacho. Su rostro, en un principio reflexivo, se torna libertado alejando de sí su monótona melancolía. Ella eleva sus brazos agitando el pañuelo, que hondea bruscamente presagiando lo peor, una única nota de color sobre la escala de grises que inunda la pantalla.

Cansado de aguardar, abandona la sala, medio vacía, al tiempo que se produce el esperado beso de los protagonistas y una apasionada melodía anega el recinto.

Empujado por una sensación impropia, dirige sus pasos hacia esa calle cercana donde le aguarda una tremendista y gélida visión. El pañuelo rojo violado se arrastra lentamente por la madera del suelo, que parece absorber su brillo, cada vez más apagado. Su avance se detiene ante la puerta de entrada, anticipando la llegada del joven, quien, azorado, seguirá el curso del satén hasta la habitación contigua. Ante tan amargo escenario y liberado de súbito de los límites que impone la consciencia, Píramo unge sus manos en la sangre y cubre su cuerpo corito con ella, tal como observamos furtivamente a través del juego de sombras expresionistas que cubren las paredes.

Prosigue así su camino; deja atrás la estridente habitación amarilla para desaparecer descendiendo con paso desganado la escalera de la que, tiempo atrás, surgió.

Ojos tristes le acompañan, un rastro de pisadas rojas tras de sí.