Tan negra y bonita.
Tan imponente su reflejo que mira fijamente a mi ventana,
que fija la mirada, que se clava en mis pupilas,
que impaciente de encontrarnos me suplica que me rinda,
y yo me rindo,
entregada a sus deseos más íntimos, que colapsan con mis miedos más oscuros,
como si unos a otros pudieran completarse
sin dejar ninguna víctima por el camino.

Pero ese en camino caigo
con sus brazos abiertos esperándome al final de la caída,
en un precipicio oscuro y frío que parece no acabarse,
un cálido refugio en el que esconderme en mitad de ningún sitio.

Frente con frente, su suspiro y mi suspiro,
se acerca lenta y decidida.
Entonces me besa.
Todo se vuelve negro,
y ante sus brazos
me dejo caer.